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que las fortificaciones de aquel castillo llevaban ya mucho tiempo derruidas, que habían
desaparecido los cañones de las almenas y que, como el puente levadizo estaba bajado, se
podía atravesar el foso. Madame Münster lo había cruzado, haciéndolo vibrar lige-
ramente. ¿Por qué no podría levantarlo de nuevo y retenerla como prisionera? Se
imaginaba que Eugenia podría llegar a ser -con el paso del tiempo al menos y cuando
descubriera las ventajas del lugar para la comodidad de una dama- una cautiva razonable.
Pero el puente levadizo seguía bajado y la deslumbrante huésped podía marcharse tan
libremente como había entrado. Su curiosidad se dirigía en parte a averiguar por qué
demonios un hombre con tanta sensibilidad no se había enamorado de una mujer tan
encantadora. Si sus numerosas cualidades eran, como he dicho, los datos de un problema
algebraico, la respuesta a esta pregunta despejaría la inevitable incógnita y conseguir
despejarla resultaba un trabajo muy absorbente que, de momento, ocupaba todas las
facultades de Acton.
Hacia mediados de agosto se vio obligado a ausentarse por unos días. Un viejo amigo,
asociado suyo en China, que estaba gravemente enfermo, le había pedido que fuera a ver-
lo a Newport. Su amigo mejoró y al cabo de una semana Acton pudo liberarse. Uso la
palabra liberarse intencionadamente porque, a pesar del afecto que le inspiraba su amigo,
Acton no permaneció junto a su lecho de buen grado. Sentía que lo habían sacado del
teatro mientras se representaba un drama de notable interés. El telón seguía sin bajary se
estaba perdiendo el cuarto acto: ese cuarto acto que es tan esencial para apreciar el quinto
debidamente. En otras palabras: pensaba en la baronesa que, a aquella distancia, le
parecía una figura de extraordinaria distinción. En Newport vio a muchas mujeres bonitas
que parecían más distinguidas gracias a sus hermosos vestidos de telas vaporosas; pero,
pese a lo animado de su conversación -quizá también era ése el punto fuerte de la
baronesa-, Madame Münster salía victoriosa al compararla con ellas. Acton hubiera
querido que también estuviera en Newport. ¿No sería posible organizar una excursión en
grupo para visitar el famoso balneario e invitar a Eugenia? Aunque la solución más
satisfactoria sería pasar allí quince días a solas con ella. Sería un gran placer verla confir-
mar su superioridad en el trato social, como no podía por menos de suceder. Cuando
Acton se sorprendió con aquellos pensamientos, empezó a pasearse de arriba abajo, con
las manos en los bolsillos, el ceño fruncido y la mirada en el suelo. ¿Qué demostraba -
porque era seguro que probaba algo- aquella clara disposición para «irse» con Madame
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Münster, apartándose de los demás? Aquel plan, por supuesto, parecía sugerir, de manera
refinada, la posibilidad del matrimonio tan pronto como la baronesa se hubiera librado
formalmente de aquel marido tan poco formal. En cualquier caso, Acton, con su
discreción característica, se negó a profundizar más en las posibles implicaciones y el na-
rrador de aquellos incidentes no está obligado a ser más explícito.
Robert Acton, acelerando el regreso, llegó a Boston al atardecer y, sin perder un
instante, fue a incorporarse al círculo familiar del señor Wentworth. Al llegar se encontró,
sin embargo, con que no había nadie en el porche. Puertas y ventanas estaban abiertas y
la luz de las habitaciones permitía ver que también los salones estaban vacíos. En el
interior de la casa encontró al señor Wentworth solo, entretenido en la lectura de la North
American Review. Después de saludarlo y de contestar a sus discretas preguntas sobre el
viaje, Robert se interesó por los demás miembros de la familia.
-Deben de estar por el jardín, distrayéndose como de costumbre -dijo el anciano-. Hace
un momento he visto en el porche a Charlotte con el señor Brand, conversando con su
animación habitual. Imagino que habrán ido a reunirse con Gertrude que, por centésima-
vez, estaba haciendo los honores a un miembro de nuestra familia europea.
-Supongo que se refiere usted a Felix -dijo Acton y, ante el gesto afirmativo del señor
Wentworth, añadió-: ¿Y los demás?
-A tu hermana has debido encontrarla en casa, porque no ha venido esta tarde -dijo el
señor Wentworth.
-Sí. La he invitado a acompañarme pero no ha querido.
-Supongo que esperaba una visita -dijo el anciano, dando a entender, aunque con su
proverbial solemnidad, que aquella frase tenía un significado más profundo.
-Si esperaba a Clifford, no ha llegado todavía.
Al oír aquello el señor Wentworth dejó la North American Review y explicó que
Clifford había hablado de visitar a su prima, al tiempo que se hacía la reflexión de que si
Lizzie Acton no tenía noticias de su hijo, Clifford debía de haber ido a pasar la velada a
Boston, cosa insólita en una noche de verano y que sugería sin dificultad ideas
inquietantes.
-Olvida usted que Clifford tiene dos primas -dijo Acton riendo. Acto seguido,
volviendo al tema que le interesaba, añadió-: Lizzie no está aquí, desde luego; pero, por
lo que veo, también falta la baronesa.
El señor Wentworth le miró fijamente un instante, recordando la singular propuesta de
Felix. Por un momento se preguntó si, después de todo, no sería de desear que Clifford
hubiese ido a Boston.
-La baronesa no nos ha honrado esta noche con su presencia -dijo-. Lleva tres días sin
venir.
-¿Está enferma? -preguntó Acton.
-No; he ido a visitarla.
-Y, ¿qué le pasa?
-A decir verdad -respondió el señor Wentworth-, he llegado a la conclusión de que está
cansada de nosotros.
Acton se esforzó por seguir sentado, pero se sentía inquieto. Le resultó imposible hilar
una conversación con el señor Wentworth. Al cabo de diez minutos cogió el sombrero y
dijo que tenía que marcharse. Era muy tarde; las diez en punto.
Su pariente de rostro impasible le contempló un instante.
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-¿Vuelves a tu casa? -preguntó.
Acton dudó, pero acabó contestando que pensaba ir a saludar a la baronesa.
-Tú, al menos, eres sincero -dijo el señor Wentworth con tono apenado.
-¡También lo es usted, si vamos a eso! -exclamó Acton riendo-. ¿Qué motivos tendría
para no ser sincero?
El anciano abrió de nuevo la North American Review y leyó unas líneas.
-Si alguna vez hemos poseído algún asomo de virtud, será mejor que no lo perdamos
ahora -dijo. Y no estaba haciendo una cita.
-Tenemos una baronesa entre nosotros -dijo Acton-. ¡Eso es lo que tenemos que
procurar que no se pierda!
Estaba demasiado impaciente por ver de nuevo a Madame Münster para tratar de
averiguar el sentido de las palabras del señor Wentworth. Sin embargo, después de cruzar
el jardín y el trozo de carretera que le separaba de la residencia provisional de Eugenia se
detuvo un instante en el jardincito. La ventana grande del salón estaba abierta y los
visillos blancos, que dejaban transparentar la luz de la lámpara, se movían agitados por la
cálida brisa nocturna. La idea de ver otra vez a Madame Münster era estimulante. Acton
advirtió que el corazón le latía más de prisa de lo normal. Y fue aquello lo que le hizo
detenerse, con una sorpresa ligeramente irónica. Pero cruzó en seguida el porche y,
acercándose a la ventana abierta, golpeó en el alféizar con el bastón. La baronesa, que
estaba en pie en el centro del cuarto, se acercó a la ventana y corrió los visillos; luego se
le quedó mirando un momento. En lugar de sonreír parecía seria.
-Mais entrez donc! -dijo finalmente. Acton entró por la ventana, preguntándose, por un
instante, qué le pasaba a Madame Münster. Pero Eugenia le sonrió en seguida, al tiempo
que le tendía la mano-. Mejor tarde que nunca -añadió-. Ha sido usted muy amable
viniendo a esta hora.
-Acabo de regresar de mi viaje -dijo Acton.
-Muy amable, muy amable -repitió la baronesa, buscando donde sentarse.
-He ido primero a la casa grande -continuó Acton-. Esperaba encontrarla allí.
Madame Münster se había dejado caer en su asiento habitual, pero se levantó de nuevo [ Pobierz caÅ‚ość w formacie PDF ]

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